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Don Carlos. Un recuerdo hípico en la historia de su recordada hija

Óscar Hernández

Una interesante nota de una historia con referencias hípicas.

 

Nuestro columnista Mario Galantini, nos destalla un interesante artículo, que seguramente será de agrado a nuestros lectores. Si bien es cierto, lo es un tema de interrelación humana, tiene claras referencias hípicas.

DON CARLOS

Por Mario Galantini

Don Carlos era un tipo entrañable. Dueño del puesto de periódicos más cercano a mi casa, ubicado en la cuadra 7 de la avenida Dos de Mayo, en San Isidro, lo conocí cuando a mis 7 u 8 años acudía regularmente para comprar revistas hípicas (Estudie Su Polla, por supuesto, pero también “La Cancha” o “Gane con Willy”; luego vinieron otras, pero Carlos ya no estaba). De esa época me acuerdo del fulano que vendía pescado en carretilla y que nos visitaba regularmente (y yo siempre salía con mi matamoscas y aniquilaba bastantes de ellas) y del verdulero Santos, que dejaba su carretilla en una esquina para repartir a sus clientes, hoy impensable porque no encontraría ni una lechuga al regresar.

Don Carlos, cuyo apellido jamás conocí, era el típico provinciano bonachón, siempre con su pequeño sombrerito redondo (no el que está de moda ahora, por si acaso) y dispuesto a atender con la mayor amabilidad a quienquiera que se acercara. No se molestaba si algún curioso dejaba caer de los ganchos alguno de sus diarios en exhibición (y eso que no había calatas periodísticas en esa época) o si le pagaba con un billete grande que él tenía que cambiar. Más bien buscaba la conversación y el buen trato, sea quien sea el cliente.

Pues parece que a él le llamó mucho la atención que un enano como yo fuera tan fanático de las carreras de caballos. Algo sabía de ese tema, pero poco. Y se le ocurrió que yo podría “instruirlo y datearlo”. Hasta que un día jueves de febrero de 1974 me dijo que quería jugar una dupleta esa noche. Me inspiré y le recomendé la 3-3, ambos tordillos: La Voleuse (favorita) y Stravinsky (20 x 1). Ganó 30 veces su inversión y me puso en un pedestal.

Cada vez que el pequeño Morris de mi papá pasaba delante del puesto de periódico, don Carlos se apresuraba a salir con lapicero y un papelito en la mano, para la recomendación hípica del día. Hubo un montón de chascos, me imagino, pero ese señor nunca perdió la fe en mí. Y cuando iba, hasta me permitía hojear la revista “Zeta”, para adultos, con contenidos que ya comenzaban a interesarme a inicios de los 80.

Poco después, don Carlos desapareció del puesto. Me decían que había viajado a su tierra. Lo reencontré unos tres años después, en su mismo puesto, mucho más avejentado. Dado que yo ya no era un niño, me contó que debió hacerse cargo en provincias de una de sus hijas, que padecía de una grave enfermedad, con quien había venido a Lima para que se someta a una delicada operación. Lamentaba el costo que ello le implicaba, y quizás recordando años pasados, me dijo que quizás podría darle un “dato”. En ese año, 1983, había un festival internacional en Monterrico, y una novedad fue acertar un “trio de trifectas” en las carreras clásicas. La primera fue el OSAF, de la milla, y le puse en línea ZUGGLUCK – MY WINNER – ALONSO (éxito total). No recuerdo cuáles fueron las otras, que no salieron. Igual, cobró.

La última vez que lo vi, me agradeció con lágrimas en los ojos, que había podido costear gran parte del tratamiento tomando un “riesgo timbero”. No lo volví a ver más. Poco tiempo después me enteré que la hija de Carlos no había soportado la operación. Y que él ya no soportaba la vida.

 

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