Interesantes y amenas crónicas, Curiosidades de Mario Galantini

Óscar Hernández ,

Interesantes y amenas crónicas, Curiosidades de Mario Galantini

¡BEEEE…!

Brandalia se había convertido en un dolor de cabeza para el stud de don Víctor, especialmente para Juancho, su cuidador. Era una alazana tan rubia como su padre Brandal, de quien parecía también haber heredado su genio díscolo. Brandal fue aquel muy buen caballo argentino de segunda mitad de los 60 que incluso llegó a crack de las pistas, pero que sin embargo alternaba grandes actuaciones con desconcertantes fracasos, y ello al parecer se debía al humor con el que amanecía. En el caso de Brandalia, era lo que podíamos llamar un ser bipolar. De una dulzura enternecedora podía pasar en cuestión de instantes a convertirse en una fiera sin control.

Su debut en las pistas se retrasaba precisamente a raíz del genio que mostraba, que se manifestaba en sus contínuas contrapesadas, indocilidad para trabajar y problemas con el partidor, entre otras cosas. Un buen día, regresando de una de sus caminatas, al ingresar a la pesebrera, Juancho notó una extraña presencia allí adentro; se trataba de un pequeño chivato al que no se le había ocurrido mejor idea que entrar allí a gorrearle cama y comida a Brandalia. Asustado ante la presencia de humano y equino, se refugió en uno de los rincones. Al intentar sacarlo de allí, insólitamente encontró oposición: Brandalia se plantó delante, cubriendo con su cuerpo al intruso e impidiendo, amenazadoramente, que se le acerquen.

- Capataz, qué hacemos. No sé si a Brandalia le ha simpatizado el chivo o es que quiere matarlo ella misma. Con esta loca nunca se sabe.

- Déjalos nomás. En todo caso, mañana podríamos comer cabrito al horno.

“Pirata” pasó a convertirse en compañero de pesebrera de Brandalia. Lo llamaban así porque tenía el ojo izquierdo seriamente afectado, producto de una coz recibida tiempo atrás. Ese hecho, que pudo haber traumado al animalito, sin embargo, debió haber quedado en el olvido vista la familiaridad que yegua y chivato parecían prodigarse. El propietario de Brandalia aceptó la presencia de Pirata, principalmente debido a la forma evidente como la yegua comenzó a tranquilizarse tanto dentro como fuera del stud.

Cuando todo parecía encaminarse bien, en armonía, paz y amor, sucedieron cosas que llevaron al propietario de nuestra heroína a prescindir de su compañerito. Por un lado, la larga y hermosa cola rubia de la yegua parecía estarse afeando. Y es que uno de los entretenimientos favoritos de Pirata era mordisquear la cola de su amiga, sin que ésta se perturbe mayormente. Por otro lado, y eso sí ya le pareció el colmo, el chivo parecía en ocasiones reencontrarse con sus raíces montañesas salvajes: cada vez que él aparecía por ahí, el animal quería embestirlo.

- No me interesa si son celos o que no le guste mi corbata, pero esta bestia se va de acá.

- ¿Y si la yegua vuelve a ponerse chúcara?

- Le compro una tortuga o un canario, pero a este ya no lo quiero ver.

Ignoro cuál habrá sido finalmente la suerte del buen Pirata, el hecho es que desde ese día desapareció de la escena. La decisión de Brandalia fue inmediata: declararse en huelga de hambre (y, por supuesto, negarse a trabajar); en cinco días había perdido 12 kilos. Ante

semejante chantaje, se optó por propiciar la llegada de “Eduviges”. Era ella una simpática oveja blanca, aunque bastante parlanchina: en los días siguientes la gente del corral debió acostumbrarse dificultosamente a sus balidos. Los ¡Beeeeee! inundaban el ambiente.

El feeling de Eduviges hacia Brandalia fue inmediato: seguía cada uno de sus movimientos dentro de la pesebrera. La yegua, por su parte, parecía indiferente, pero retomó su alimentación y su entrenamiento de manera normal, hasta que pudo estar a punto de hacer su debut. Éste fue absolutamente desconsolador, y sus siguientes diez carreras no mostraron signos palpables de mejoría. Solo Eduviges parecía felicitar efusivamente a su amiga cada vez que ella regresaba a la cuadra. ¡Beee…!

En su siguiente actuación, perdedores 3 años en 1,300, Brandalia parecía ser una outsider, pagaba 60 a 1. Sin embargo, en aquella ocasión entró bien ubicada al derecho pegada a los palos e inició un avance que un estorbo detuvo. Su aprendiz, un chico piurano de apellido Sánchez, pretendió llamar la atención de su infractor con una interjección muy propia del norte: ¡Veee! ¡Veee! Sorprendentemente, Brandalia pudo recuperarse del estorbo y ganar por pescuezo en la meta. El respetable no salía de su asombro, propietario de la yegua incluido. Ella no sabía de ortografía, por lo que ese ¡Veee! aparentemente le sonó al ¡Beee! de Eduviges.

En aquella época no existía “photoshop”. De haber existido, no dudo que el no dudo que el feliz propietario hubiera incluido en la foto del herraje de ganadores a Eduviges al lado de Brandalia.

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